Después de Maduro: El Pulso por la Transición y el Riesgo de que el vacío Se Convierta en Guerra

Lo que ha ocurrido en Venezuela abre un horizonte inédito: por primera vez desde que el chavismo se entronizó en el poder, el régimen pierde a su figura central por la acción directa de una potencia extranjera. Pero lo decisivo no es la captura en sí, sino lo que sigue. El poder, como la naturaleza, aborrece el vacío. Y hoy ese vacío se disputa, no en los titulares, sino en los cuarteles, en la calle, en Washington y en los círculos internos de la oposición. El desenlace dependerá de tres vectores simultáneos: la capacidad del chavismo de recomponerse, la coherencia estratégica de la oposición y la determinación de Estados Unidos para sostener la transición más allá del primer impacto militar.

El primer escenario plausible es el colapso controlado del aparato chavista. La detención del líder carismático y autoritario suele provocar desorientación en estructuras ideologizadas. El chavismo no fue un partido; fue, por dos décadas, un culto de lealtad personal. Sin Maduro —y con sus herederos fracturados, huidos o en disputa— lo más probable es que se imponga la lógica de supervivencia individual antes que la cohesión doctrinaria. Gobernadores, mandos militares medios, operadores económicos: todos sabrán leer la correlación de fuerzas. La probabilidad de que opten por negociar su salida, antes que inmolarse, es alta. Este sería el mejor escenario para el país: una rendición funcional, sin guerra civil, con desmovilización paulatina de los focos armados. Estados Unidos, en este marco, operaría como garante de que la transición no sea revertida por retazos del viejo régimen.

No obstante, existe un segundo escenario, menos probable pero más peligroso: la insurgencia residual chavista. El chavismo aún conserva redes paramilitares, inteligencia, estructura territorial y control simbólico en zonas populares. Algunos sectores podrían leer la intervención como una humillación histórica y convertirse en guerrillas urbanas dispersas. No sería una guerra convencional, sino una estrategia de desgaste: sabotaje, caos operativo, violencia selectiva. El riesgo aquí es doble: primero, la tentación de “ira reparadora” por parte de sectores opositores; segundo, la posibilidad de que la transición derive en una administración prolongada bajo tutela extranjera, con todos los costos políticos que eso implica. Sin embargo, este escenario solo se consolidaría si Washington duda y si el liderazgo opositor no logra construir autoridad moral y política rápidamente.

Y es precisamente aquí donde entra el tercer vector: la oposición y su capacidad de gobernar. El poder no se improvisa. La transición venezolana exigirá madurez estratégica: integrar, perdonar cuando sea prudente, y ejercer autoridad sin revancha. El liderazgo civil debe ser inequívoco. El país necesitará un relato que no sea únicamente punitivo, sino fundacional: el paso del despotismo estatista a una democracia moderna, abierta al mundo. Si la oposición cae en pugnas ególatras, ambiciones prematuras o discursos internamente incompatibles, perderá el capital moral que hoy ha ganado. Pero si logra encarnar orden, esperanza y eficiencia, podrá reconstruir la legitimidad política venezolana con sorprendente rapidez.

El cuarto elemento es Estados Unidos. Ya no es un actor externo: es parte del proceso. La transición venezolana será juzgada por su desenlace. Si vuelve la estabilidad, la institucionalidad y el crecimiento económico, la intervención será recordada como el punto de inflexión que finalmente liberó al país de una tiranía. Si, en cambio, deriva en una ocupación oscura, confusa o interminable, el chavismo sobrevivirá como mito victimista. El reto norteamericano será construir poder local, y luego retirarse. Nada más difícil.

El quinto factor es la dimensión geopolítica. Rusia, Irán y Cuba han perdido a su aliado estratégico en la región. Es probable que intenten influir mediante propaganda, desinformación o apoyo encubierto a focos desestabilizadores. Pero, sin cabeza visible ni legitimidad alguna, su margen de acción será menor que en el pasado.

El pronóstico razonable —viendo la correlación actual de fuerzas— es el siguiente: el chavismo tenderá a fragmentarse; la oposición instalará un gobierno de transición, primero con fragilidad simbólica pero creciente consolidación práctica; Estados Unidos acompañará la estabilización económica y de seguridad; y en un plazo mediano se celebrarán elecciones libres o se confirmará el mandato ya otorgado en 2024. Todo esto convivirá con momentos de tensión, sabotaje e incertidumbre. Pero, por primera vez en años, la inercia histórica gira hacia la libertad.

Venezuela no está simplemente cambiando de gobierno. Está saliendo de una lógica de dominación ideológica que colonizó la cultura política latinoamericana por más de dos décadas. La tarea ahora es monumental: pasar del resentimiento al mérito, del saqueo institucional al imperio de la ley. El país tendrá que aprender de nuevo a gobernarse a sí mismo. Y esa, paradójicamente, será la victoria más profunda.

Porque al final —aunque suene solemne— lo que está en disputa no es solo quién manda, sino qué significa ser libre.

Las opiniones expresadas en artículos publicados en www.fundacionbases.org no son necesariamente las de la Fundación Internacional Bases

Videos Nuevos

YouTube Video
YouTube Video
YouTube Video
Fundación Bases
  • Fundación Internacional Bases
    Rosario - Madrid - Viena - Chicago
    Varsovia - Tel Aviv - Asunción - Lubbock
  • bases@fundacionbases.org | www.fundacionbases.org