Cuando Hasta los Genios Fracasan: El Curioso Caso de Long Term Capital Management

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Dentro del liberalismo siempre ha habido debates sobre la dimensión y el alcance que debe tener un Estado. Los anarcocapitalistas creen que directamente no debería existir Estado alguno porque su mera existencia es en esencia inmoral. Los minarquistas, por su parte, abogan por un Estado sumamente reducido, limitado a la provisión de servicios de defensa, seguridad y justicia. Tenemos también a los liberales clásicos, un poco más abiertos a que exista una cuota de soporte estatal a rubros tales como la educación o la salud.  

Pero una cosa está clara: todos los liberales están en contra de un Estado grande, planificador de la economía y de la sociedad, que ha probado ser un incansable destructor de riqueza desde tiempos inmemoriales. Posiblemente el error más importante que jamás haya cometido la humanidad sea justamente ése: la centralización del poder en manos de supuestos “expertos” que teóricamente serían capaces de conducir y liderar exitosamente una nación aun en ausencia de todo incentivo para hacer las cosas correctamente.

Y siguiendo esta línea de pensamiento me gustaría tomar prestado un ejemplo del mundo financiero que estimo particularmente apropiado para ilustrar mi idea de cuánto se pueden llegar a equivocar los pretendidos “expertos”, con consecuencias catastróficas.

En la década de los 90s, John Meriwether -un legendario trader de Solomon Brothers- fundó un hedge fund o “fondo de inversión” llamado Long Term Capital Management (LTCM). LTCM se convirtió en un auténtico gigante de Wall Street.

Ahora bien ¿qué lo hacía tan especial?

Pues que su staff estaba compuesto por auténticas superestrellas del mundo financiero. LTCM no sólo había sido fundado por un trader de fuste; el directorio contaba con figuras como Myron Scholes y Robert C. Merton -ambos Premios Nobel de Economía- y toda su estructura estaba compuesta por un formidable equipo de académicos y matemáticos de primera línea. Básicamente, un equipo de estrellas.

Los inicios de la operación fueron auspiciosos, y convirtieron al hedge fund en un niño mimado de Wall Street. Todos los grandes bancos creían que los retornos sobre las inversiones realizadas por este fondo estaban prácticamente garantizados y hasta “se peleaban” por prestarle dinero a LTCM. En definitiva, confiaban en que el “track record” y la reputación asociada a los nombres que se sumaban a las filas de LTCM eran suficientes para entregarse a sus estrategias. 

Y no solamente Wall Street estaba enamorado de LTCM. Las Universidades de los Estados Unidos también aspiraban a invertir en la firma. ¿Por qué? Porque  el “enfoque académico” de LTCM reafirmaba su propia vanidad intelectual. Dicho enfoque estaba conformado por un triángulo cuyos vértices eran los expertos y su conocimiento quasi infalible, las modelizaciones matemáticas y la suposición de que todos los riesgos estaban controlados. 

Así pues, el hedge fund era valorado como una maravilla del mundo financiero, con retornos de vértigo y libres de riesgo… hasta que el barco se empezó a hundir.

Los problemas comenzaron con la crisis asiática de 1997, que detonó pronunciadas caídas bursátiles en Taiwán y Corea del Sur. Los modelos matemáticos de los expertos de LTCM indicaban que, ante dicha circunstancia, el curso de acción a adoptar era comprar más activos de riesgo (como acciones, en lugar de bonos). Esto por cierto incrementó el riesgo que tenía el fondo, que ya contaba con un enorme apalancamiento por parte de terceros. Y poco después aconteció lo peor: el default y la devaluación rusa de 1998, que generaron un formidable selloff de mercado. LTCM se encontraba masivamente endeudado, en un entorno bajista y con productos financieros mayoritariamente ilíquidos y difíciles de vender.

¿Cómo terminó la historia?

LTCM fracasó estrepitosamente. E intervenido de emergencia por la Reserva Federal, literalmente desapareció.

Sus certeras predicciones habían fallado por completo. Sus modelos estaban basados en un principio central: el de regresión a la media, esto es, que si se ha medido una variable y la primera vez se obtiene un valor extremo, en la segunda medición el valor tenderá a estar más cerca de la media. Pero esto no ocurrió y LTCM, que alguna vez fuera el fondo más exitoso de la historia, colapsó como un castillo de naipes.

El reconocido ensayista Nassim Nicholas Taleb, quien se desempeña asimismo profesionalmente como trader, escribió acerca de la quiebra de LTCM en su libro “¿Existe la suerte? Las trampas del azar”. Y al respecto afirmó en esa obra que el error fundamental de la firma fue no haberse detenido siquiera a considerar que sus modelos podrían estar equivocados o reevaluar su conjetura de que ellos podían manejar “científicamente” sus riesgos mediante tales modelos. Y más aún: tan tenazmente se aferraron a sus pretenciosas concepciones que para describir la catástrofe optaron por etiquetarla como un evento de “sigma 10”. Algo que ocurre en uno en 1.000.000.000.000.000.000.000 de casos, (en letras, uno en un septillón). O sea que ante la disyuntiva de admitirse humildemente equivocados o considerar su caso como un evento que sólo podría acontecer una vez en varias veces la historia del universo, optaron por la segunda. 

Muy bien, pero ¿qué tiene que ver esto con el liberalismo?

Que toda esta fascinante historia de LTCM y sus modelos es susceptible de ser inmediatamente asociada con los gobiernos, la centralización, la planificación. Es usual escuchar argumentos en pos de un Estado “eficiente”, manejado por “técnicos y expertos”. En otras palabras, por un grupo de presuntos iluminados que creen que van a poder organizar a la sociedad mejor que los individuos que la componen.

Pero la dificultad radica en que el conocimiento es esencialmente fragmentario, se encuentra disperso, y cambia segundo a segundo. Es metafísicamente imposible consolidarlo para tomar decisiones “top-down”. Son los individuos operando en el mercado quienes brindan constantemente las señales que guían factores y convenios. Y, por el contrario, concentrar las decisiones en unas pocas manos pretendidamente sabias nos hace en realidad increíblemente vulnerables a sus errores de cálculo, por más “bondadosas” que sean sus proclamadas intenciones.  

Para completar este cóctel malsano, sumamos a esto dos factores adicionales. El primero, que los presuntos expertos advenidos burócratas no pagan con dinero de su propio bolsillo cuando cometen errores. (Los inversores en LTCM al menos arriesgaban su propio dinero) Y el segundo, que si quienes invirtieron en LTCM tenían por cierto la facultad de optar entre invertir o no hacerlo, los ciudadanos “de a pie” no disponemos de esa libertad para decidir que no aportaremos al gobierno, cuyas exacciones padecemos coactivamente por vía de impuestos. Así pues, los gobernantes no sólo están exentos de pagar las consecuencias de sus frecuentes y nefastos desaciertos, sino que además tienen un stock de “clientes cautivos” para financiarlos indefinidamente.  

Si un equipo de formidables técnicos, Premios Nobel y traders de leyenda no pudo evitar que LTCM cayera en la quiebra, ¿cómo es que todavía podemos creer que unos cuantos burócratas mediocres vayan a lograr llevar a un país a la grandeza?

El caso de LTCM nos deja una valiosa lección. 

 

* Iván Orellana es Investigador Asociado de la Fundación Internacional Bases 

Fuente: Fundación Internacional Bases 

Las opiniones expresadas en artículos publicados en www.fundacionbases.org no son necesariamente las de la Fundación Internacional Bases

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