En el debate político contemporáneo se ha vuelto casi un lugar común invocar a los países escandinavos como prueba de que el socialismo “sí funciona”. Suecia, Dinamarca o Noruega aparecen con frecuencia en discursos y redes sociales como ejemplos de sociedades prósperas, igualitarias y con altos niveles de bienestar. Pero antes de asumir esa narrativa tan extendida y seductora, conviene detenerse a examinar qué hay realmente detrás de ese modelo y, sobre todo, si responde a la idea de “socialismo” que comúnmente se le atribuye.
Diversos autores, incluso desde posiciones ideológicas distintas, coinciden en que el llamado “socialismo escandinavo” no existe como tal; por ejemplo, el historiador Lee Edwards (2022), sostiene que estas economías no son socialistas, sino claramente capitalistas, con mercados dinámicos que generan la riqueza necesaria para financiar amplios sistemas de bienestar. Es decir, el bienestar no reemplaza al mercado; depende de él.
En esa misma línea, el economista Jeffrey Dorfman (2018) subraya el hecho de que los países nórdicos se hicieron ricos antes de expandir sus Estados de bienestar. No fue el gasto social el que generó prosperidad, sino una economía productiva, abierta y basada en la iniciativa privada la que permitió luego financiar políticas redistributivas. La causalidad, por tanto, es inversa a la que comúnmente se sugiere.
El caso de Suecia resulta particularmente ilustrativo; el escritor e investigador Johan Norberg (2023) recuerda que el país experimentó su mayor crecimiento entre 1870 y 1970, en un contexto de relativa apertura económica y menor intervención estatal. Cuando, décadas más tarde, se intentó profundizar el intervencionismo mediante mayores impuestos, regulaciones y expansión del Estado, los resultados fueron menos alentadores, ya que el estancamiento, la salida de capitales y la crisis obligaron a replantear el modelo. Las reformas de los años noventa, orientadas a liberalizar la economía, marcaron un retorno hacia políticas más compatibles con el mercado.
Ahora bien, reconocer el carácter capitalista de estas economías no implica desconocer sus particularidades. El analista noruego Erik Engheim (2025) propone entender a los países escandinavos como economías mixtas (sistemas donde coexisten un sector privado robusto con una significativa presencia estatal). En Noruega, por ejemplo, el Estado participa en sectores estratégicos como la energía o el transporte, y una proporción importante de la población trabaja en el sector público. A ello se suman sus sindicatos fuertes y mecanismos de negociación colectiva que contribuyen a reducir la desigualdad antes incluso de la intervención fiscal.
Sin embargo, incluso esta combinación, que muchos consideran un equilibrio virtuoso, tiene límites; por ejemplo, el abogado y escritor Adam Lantz (2025) plantea que el modelo nórdico nunca fue una alternativa al capitalismo, sino una forma de “domesticarlo”. La socialdemocracia escandinava, sostiene, fue el resultado de un pacto histórico entre capital y trabajo en el contexto del crecimiento de posguerra. Pero ese equilibrio no era permanente, con la globalización y el auge del Consenso de Washington desde los años ochenta, las bases de ese acuerdo comenzaron a erosionarse, dando lugar a reformas que devolvieron protagonismo al mercado y redujeron el alcance del Estado en ciertos ámbitos.
Es importante reconocer que el modelo escandinavo no es estático ni homogéneo; ha evolucionado, se ha adaptado y, en muchos casos, se ha alejado de la imagen idealizada que circula en el debate político. Hoy, países como Suecia combinan un amplio Estado de bienestar con una notable apertura al sector privado, incluso en áreas como la educación y la salud. Lejos de una economía planificada, se trata de sistemas donde el mercado sigue siendo el principal mecanismo de asignación de recursos.
A ello se suma una dimensión frecuentemente ignorada: el costo del bienestar. Los beneficios sociales en los países nórdicos (educación gratuita, cobertura universal de salud, generosas licencias laborales) no son gratuitos en términos fiscales; se financian mediante sistemas tributarios exigentes que recaen sobre toda la población. Como señalan Edwards y otros analistas, no solo los ricos pagan altos impuestos; la clase media y los trabajadores también contribuyen significativamente, en muchos casos a través de impuestos al consumo que afectan proporcionalmente más a los ingresos bajos.
Finalmente, existe un componente cultural que no puede pasarse por alto. Los altos niveles de confianza social, cohesión y cumplimiento de normas han sido factores determinantes para el funcionamiento de estos sistemas. Pretender replicar el modelo escandinavo sin considerar estas condiciones podría resultar, cuando menos, ingenuo.
En este contexto, el verdadero aporte de la experiencia escandinava no radica en ofrecer un modelo listo para ser replicado, sino en evidenciar tanto las posibilidades como los límites de combinar mercado y Estado. Como coinciden Lee Edwards, Jeffrey Dorfman, Johan Norberg, Erik Engheim y Adam Lantz, no estamos ante un ejemplo de socialismo exitoso, sino ante una variante sofisticada de capitalismo con fuertes mecanismos de redistribución.
A esta discusión se suma la perspectiva de Nima Sanandaji, Viktor Ström, Mouna Esmaeilzadeh y Saeid Esmaeilzadeh (2023), quienes nos invitan a mirar el modelo sueco —y, por extensión, el nórdico— desde una dimensión histórica e institucional más profunda. Además nos recuerdan que Suecia no solo es una economía moderna con altos impuestos y bienestar extendido, sino también una nación con una larga tradición de apertura comercial, innovación financiera y desarrollo institucional. Fue sede de algunas de las primeras formas de empresa moderna en Europa, pionera en instrumentos financieros como las notas de crédito, y cuna del banco central más antiguo del mundo. Estos antecedentes no son anecdóticos porque revelan que el desarrollo económico sueco se cimentó en una temprana comprensión y adopción de principios de mercado.
Asimismo, los autores destacan elementos menos visibles pero decisivos, como la temprana incorporación de las mujeres al trabajo y la actividad empresarial, lo que amplió la base productiva y fortaleció el dinamismo económico. Pero, sobre todo, subrayan dos rasgos distintivos del presente nórdico: (1) la coexistencia de altos niveles de presión tributaria con elevados grados de libertad económica, y (2) un capital social excepcionalmente alto, reflejado en la confianza interpersonal y en las instituciones.
Este último punto resulta particularmente relevante, debido a que los altos niveles de confianza permiten formas de organización más descentralizadas, reducen la necesidad de burocracia y favorecen la inversión y la cooperación. En ese sentido, el modelo nórdico no solo es económico, sino también cultural. Y quizá ahí radique una de sus principales lecciones, que no se trata únicamente de políticas públicas, sino de condiciones sociales que las hacen viables.
En definitiva, lejos de ser una alternativa socialista al capitalismo occidental, el modelo escandinavo aparece como una evolución particular dentro de este mismo sistema de economías de mercados con instituciones sólidas, alta confianza social y una historia prolongada de apertura e innovación. Comprender esto no solo permite desmontar mitos, sino también reorientar el debate hacia una cuestión más sustantiva, centrada no en qué tan “socialista” es este modelo, sino en cómo logra sostenerse en la práctica. Y es precisamente en su estructura fiscal donde se encuentra una de sus claves menos discutidas y, sin embargo, más determinantes.
Referencias:
Dorfman, J. (08 de Julio de 2018). Forbes. Obtenido de Sorry Bernie Bros But Nordic Countries Are Not Socialist: https://www.forbes.com/sites/jeffreydorfman/2018/07/08/sorry-bernie-bros-but-nordic-countries-are-not-socialist/
Edwards, L. (20 de Abril de 2022). The Heritage Foundation. Obtenido de The Myth of Scandinavian Socialism: https://www.heritage.org/progressivism/commentary/the-myth-scandinavian-socialism
Engheim, E. (25 de Junio de 2025). Erik Examines. Obtenido de What is Modern Scandinavian Socialism in 2025?: https://erikexamines.substack.com/p/what-is-modern-scandinavian-socialism
Lantz, A. (21 de Octubre de 2025). Medium. Obtenido de Scandinavia Was Never Socialist: https://medium.com/the-new-climate/scandinavia-was-never-socialist-7d133d142bc0
Norberg, J. (17 de Agosto de 2023). Cato Institute. Obtenido de Debunking the Myth of Swedish Socialism—Again: https://www.cato.org/blog/debunking-myth-swedish-socialism-again
Sanandaji, N., Ström, V., Esmaeilzadeh, M., & Esmaeilzadeh, S. (2023). The evolution of the Swedish market model. Economic Affairs, 43(2), 170-184. doi:https://doi.org/10.1111/ecaf.12573
* Carlos Alejandro Dávila Núñez, docente universitario en la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco.




